Las sombras que propagaban las velas en los muros de piedra, le asustaban más que las historias que le habían contado desde que era niño.
El día había sido duro. Desde el amanecer, había ayudado con la cosecha y se presentaba una despedida estival demasiado larga. Ahora venían meses de heladas, nevadas, noches eternas que le ganaban terreno al dios Sol. Y con esos últimos recuerdos de los meses transcurridos a orillas del río, de la cantidad de guerras que había librado gracias a su espada, su única y verdadera compañera, se iba su ánimo lentamente.
Pero esta noche daría la bienvenida a sus ancestros. Sentiría la presencia de aquellos que no tuvieron la misma suerte que él y que ahora yacían en los páramos de la otra vida.
Suspiró y necesitó más de un minuto para darse cuenta de lo lejos que se había quedado del resto. Los alcanzó sin esfuerzo uniéndose a las celebraciones.
Las estrellas recordaban las sonrisas de todos sus recuerdos y se dejó llevar por la música que le envolvía.
¡Cuánta belleza concentrada en aquel paisaje!. Praderas que se perdían en la oscuridad nocturna iluminada levemente por la luz de la luna y el cálido resplandor de las velas y hogueras que prendían desde antes del ocaso.
Ojalá nunca cesase tal muestra de plenitud. Deseó que por un instante que todo aquello fuera eterno.
Entonces, mezclándose con la brisa fría, el abrazo de todos aquellos que ya no tomaban parte del mundo terrenal, se apoderaron de su cuerpo.
Y no hubo sensación tan gratificante como la de aquella noche. Donde honor y causa se unían a la festividad de un nuevo año.
L.A.

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