Se cumple y se canta su triste elegía.

La libertad, muere en cada esquina y suplica, con voz apagada, un sitio en el que vivir. Yo le ofrezco mi sueño: escribir.

16 diciembre, 2011

Es una historia que pocos recuerdan.

La gran dama se sentía desconcertada viendo como, altiva, el semblante de su país acechaba desde la sombra. Un solo movimiento, y su alma caería en espirales de tempestad ocultas en lo más profundo de la incertidumbre que la azoraba. ¿Qué le deparaba la suerte y el destino? ¿Qué quería el mundo de ella?

Alzó su mano y con un rápido gesto, empuñó con más orgullo que fuerza, su arma: el coraje. Con una lengua ágil, pronunció las simples palabras que llevarían a la gloria su memoria.

Yo, madre de vuestro universo, de los campos que cultiváis, hija de los mares que cruzan nuestras fronteras, musa de poetas e ilustres y humilde servidora de vuestra voluntad; con lo que me respecta en poder y súplica, os doy la libertad de vivir. Desterrad demonios que os dominen sin palabra y escribir la historia que me precede, que os pertenece. Morid así, en líneas, hojas amarillentas por el paso del tiempo, en campos de eterna sabiduría, pero no dejéis de creer en la imaginación, en vuestros sueños. Levantad naciones de libertad. Escribid, súbditos míos. Es una orden… Os lo imploro
                              
 Poco después, a la muerte de la dama, quemaron cientos de bibliotecas y durante años, siglos y milenios, nadie supo la verdad. Quién escuchara sus palabras, pronunciadas con rabia, ira y temor, grabaría con fuego lento, aquello que se dijo con el alma de quien sería la Literatura, amada nuestra. ¿Quién llora su pérdida? Decidme, ¿Quién la nombra?

                          Susurros de tormenta, se llevan mi alma hacia su tierra. Ansiada libertad.

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