Alzó su mano y con un rápido gesto, empuñó con más orgullo que fuerza, su arma: el coraje. Con una lengua ágil, pronunció las simples palabras que llevarían a la gloria su memoria.
“Yo, madre de vuestro universo, de los campos que cultiváis, hija de los mares que cruzan nuestras fronteras, musa de poetas e ilustres y humilde servidora de vuestra voluntad; con lo que me respecta en poder y súplica, os doy la libertad de vivir. Desterrad demonios que os dominen sin palabra y escribir la historia que me precede, que os pertenece. Morid así, en líneas, hojas amarillentas por el paso del tiempo, en campos de eterna sabiduría, pero no dejéis de creer en la imaginación, en vuestros sueños. Levantad naciones de libertad. Escribid, súbditos míos. Es una orden… Os lo imploro”
Poco después, a la muerte de la dama, quemaron cientos de bibliotecas y durante años, siglos y milenios, nadie supo la verdad. Quién escuchara sus palabras, pronunciadas con rabia, ira y temor, grabaría con fuego lento, aquello que se dijo con el alma de quien sería la Literatura, amada nuestra. ¿Quién llora su pérdida? Decidme, ¿Quién la nombra?
Susurros de tormenta, se llevan mi alma hacia su tierra. Ansiada libertad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario