Un molesto aletear lo sacó de su ensueño. El sol brillaba como nunca en el espejo cristalino de la fuente. Su rostro se desfiguraba con cada lágrima que caía en el espacio circular, como si quisiera borrar un recuerdo marchito, arraigado en el pecho. En ese mismo instante, su sonrisa se dibujó sin mostrar demasiadas complicaciones y el resplandor de unos ojos translúcidos que lo miraban desde la lejanía le obligaban a alejarse. Pero era tan cálida la sensación de vacío en aquel momento, que podría haber abandonado su vida a cambio de un minuto más para poder saborear la paz de la nada.
- - Veo, que a pesar de todo, no te has marchado. – Resonó una voz aguda, leve, pero insistente.
No pudo hacer otra cosa que apartar sus ojos del hipnotizador movimiento de las ondas acuáticas y buscó, con parsimonia e indiferencia, a su interlocutor. Al no encontrar a nadie, alzó la vista al cielo, descubriendo el oscilante paso de un manto oscuro de nubes. Su sol acabaría alejándose para siempre, o al menos, eso fue lo que sintió.
Se levantó, paseó por el patio comprobando la gran obra de arte que había construido con esmero. Espaciosos pórticos con capiteles de avispero, por donde la luz se filtraba con manos generosas, llenas de gracia. Las tres gloriosas terrazas de su imperio, las mismas que habían visto su auge y máximo esplendor, ahora lo asfixiaban. Y no pudo dominar las emociones que volvieron a apoderarse de su espíritu viejo, desgastado para siempre.
- El azul turquesa del victorioso guerrero, del mejor gobernador y el más afortunado, se derrama en las aguas de sus estanques, de sus fuentes. El mármol, ébano y las perlas que utilizó para demostrar su vanidosa postura ante el mundo, se están resquebrajando. Naranjos, colores, pájaros, van buscando otros lugares en los que habitar, pues el alma del más grande, los ha dejado sin hogar. Incluso desterró su alma. Triste ironía. – Volvió a mencionar la impertinente voz que lo acosaba.
- - Y vuestra ignorancia demasiado atrevida. – Contestó sin vacilar.
No obtuvo más que el murmullo del viento entre las cuatro esquinas que lo abrigaban. El canto de una cigarra lo distrajo justo cuando una bandada de estorninos se alejaba del alminar.
Se acercó a una de las columnas, posó su mano ornamentada con detalles de esmeralda y reflejos de oro, entonces, comenzó a acariciarla. El frío material le helaba la sangre, preludio de un presente que llenaba de escarcha los remordimientos en su conciencia. Todo lo que había vivido, todo lo que siempre había deseado, no fue ni la sombra de lo que más necesitó. A su tardía edad, la vida no era un don de Dios, sino un castigo por su poco humanismo.
- - Qué soy – habló de repente la voz misteriosa- sino la voz de aquello que anhelas. No podría ser de otra forma, si nadie fue capaz de propiciaros un límite. Nacisteis equivocado, luego moriréis con los yugos de la culpabilidad.
El anciano se giró bruscamente, recorriendo con ansiedad todos los rincones de la estancia. Las nubes comenzaron a formarse en torno a la ciudad alejada.
- - Habéis sembrado la destrucción en cada esquina. Un ladrillo más en la ciudad, por cada lágrima del sultán. Esa fue la profecía y con ella habréis de vivir hasta el fin.
- - No. No puedo soportarlo. He reinado más de cincuenta años en victoria o paz. Amado a mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riqueza y honores, poder y placeres, no existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los días de grata y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce. – Confesó.
Una risa desesperante lo llevó a tal punto de confusión, que su cuerpo se precipitó contra el suelo. De sus ojos, un riachuelo de amargura corría sin cesar. Pudiendo acaparar su tristeza, guardándola para siempre, decidió que su piel se destiñera con la avaricia del joven que una vez, dotó a su cuerpo de las cadenas que lo apresaban.
Entre lamentos, un susurro:
- - Perdonadme.
Abd al-Rahman III, sufrió una depresión que le condujo a la melancolía; era incapaz de hablar “sin lágrimas”.
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