Se cumple y se canta su triste elegía.

La libertad, muere en cada esquina y suplica, con voz apagada, un sitio en el que vivir. Yo le ofrezco mi sueño: escribir.

12 mayo, 2012

Música de cámara.



I
Si pudiera tener su nacimiento
en los ojos la música, sería
en los tuyos. El tiempo sonaría
a tensa oscuridad, a mundo lento.

Mezclas la luz en el cristal sediento
a intensidad y amor y sombra fría.
Todavía silencio, todavía
el sonido no tiene movimiento.

Pero llega un relámpago; se anudan
en los ojos lo bello y lo potente.
La fría sombra se convierte en fuego.

La belleza y el ansia se desnudan.
La música se eleva transparente.
Oh, sonido de amor, déjame ciego.

II
Yo, sin ojos, te miro transparente.
En la música estás, de ella has nacido;
de este grito de luz, de este sonido
a mundo amado luminosamente.

Y yo escucho después —agua creciente—
a la música en ti: todo el latido,
todo el pulso del aire convertido
a tu belleza, a tu perfil viviente.

Tumba y madre recíproca, del canto
orientas a tus venas la agonía,
y tus ojos asumen su potencia.

Oh prisión de la luz, después de tanto,
ya veo en el silencio: la armonía
es tu cuerpo, tu amada consistencia.


Antonio Gamoneda.

 
Te amo, David. 

09 mayo, 2012

Au revoir, c'est bientôt la fin.


París era una fiesta. Así decía Hemingway.

Hoy hace un año de todo ese ensueño recompensado. Las veinticuatro horas de autobús comenzaron a cobrar sentido cuando bajamos el siete de mayo de 2011 en Nôtre Dame. Hubiera dado mi vida por captar el instante en el que nuestras miradas se contemplaban atónitas, intentando creer todo lo que se dibujaba ante nuestra vista.

Fue demasiado fácil tomarle cariño a París. Cuando todos sus secretos fueron revelados a cada paso. Las botas blanquecinas del polvo de los parques. Sí, ya sabes que tienen la costumbre de cubrirlo todo con esa pureza inmaculada. Las noches entre los Campos Elíseos, y las comidas en la calle Rivolí, disfrutando de la vista. De espaldas al Louvre y coronando la cima la Torre Eiffel, los bocadillos – cada día de un sabor distinto, para poder ahorrar, intentar sobrevivir a más de dieciséis horas caminando- cobraban un sentido especial. Ni que decir tiene, cuando pudimos perdernos por Montmatre y cantar, en silencio para no despertar viejas glorias el “ Dans ma rue, il y a des gents” de Edit Piaff. O las carreras en las escaleras de Le Sacre Coeur, la residencia de verano que todos desearíamos poseer  que es Versalles con el espectáculo de sus fuentes, a Perséfone intentando huir, eterna, de Hades. La obra napoleónica revolucionaria, los puentes por donde las risas caían en cascadas invisibles al río Sena. Todavía me acuerdo del paseo por el mismo, discutiendo sobre la grandeza de la hija de Eiffel. Cómo el atardecer iba ensombreciendo los muros de todos los edificios emblemáticos.
¿Lo mejor? Escuchar los lamentos del fantasma de la ópera en la obra magnificente de Gárnier. Y sin duda, ese retorno a nuestra infancia, dejándonos caer por Disneyland.

Pero, París guarda sensaciones que son imposibles de describir. Ni si quiera con simples palabras del lenguaje del alma. París es vértigo, es grandiosidad y esplendor. París, el rey del amor, la ciudad de las estrellas. Emblema de modelos artísticos y culturales. Patria de ilustres poetas de mi infancia. Moulin Rouge y su historia romántica…
París fue poesía durante cuatro días en mis cuadernos. Fue el comienzo de una lista de ciudades con retorno seguro. París fue la distancia entre tus labios y los míos.
Y hoy, un año después, todavía se me saltan las lágrimas al recordar la imagen de Nôtre Dame, bañada por la luz del crepúsculo parisino, en nuestro crucero por la fiesta que era París un nueve de mayo.

08 mayo, 2012

Spem vultu simulat.



Recorrer los campos de batalla, donde los cuervos disfrutaban de su tormentoso festín, era lo que más reconfortaba al pequeño Sady. Quizá porque una excursión a la exhumación cadavérica le proporcionaría comida y satisfacción durante dos días. Eso si la pesca era buena. Últimamente el oro escaseaba entre los combatientes. Los hombres que perdían sus molares, ya no querían llenar sus huecos con ese mineral reluciente y rico. ¿Para qué? Tarde o temprano habrían de perderlos en otro conflicto de tesitura cada vez más grave.  Aún así, el jovencito, con su roído sporran, iba examinando los restos inhumanos de aquellos que poblaban el valle y lo teñían con ese matiz rojo de ira.

Uno tras uno, iba abriéndoles la boca, intentando contener la nauseabunda putrefacción que exhalaban; o bien, metiendo sus deditos rechonchos, pequeños, entre los saquitos para la pólvora de las bayonetas o los bolsillos secretos que guardaba el doble pliegue del kilt. Sorteando las mutilaciones con leves saltos, se encontraba en pleno epicentro, donde caballos, sassenachs y sublevados se concentraban en mayor número. Se frotó las manos y echó a correr hacia los bultos más grandes. Concentrado en su tarea, no descubrió lo que, en la parte más alta de la montaña de cuerpos, se encontraba.

Quedó sin aliento por la imagen que se describía ante sus lindos ojos fríos, cargados de cansancio. Pequeña, con perfectos bucles dorados, una princesa se agarraba con ambas manos una de las clymore que le configuraban el reducido corpiño marfil, impregnado de sangre.  La melena caía enredada entre los otros rostros con expresiones aterradoras.  Por un momento se vio invadido por los rizos de oro, esa suavidad aterciopelada que le encantaría acariciar. Subiendo sobre tres cuerpos más, alargando la mano, consiguió atrapar uno de los mechones. Sady, sin dudarlo, tomó una de las dagas que poseía para los trabajos más difíciles y cortó aquellos hilos relucientes. Aunque el olor no era el más agradable, podía discernir una mezcla de brezo y lavanda. Sin duda, la niña debería haber sido una de las hijas de las rameras que se llevaban a los campamentos bélicos.  Quizá, con un poco de suerte, conseguiría un buen collar o insignia que vender.

Terminando de colocarse sobre la pequeña, inspeccionó las manos, buscando algún anillo. Apartando la gran espada y el resto de puñales de su corpiño, siguió buscando el rastro del emblema deseado, o alguna joya también robada. Las manos no parecían callosas. De hecho, las uñas formaban unos dedos largos y finos. Su vestimenta, con altos encajes y bordados exquisitos marcaban un cuerpo prometedor. Sady, preso por la curiosidad, se vio tentado de despojarle de toda vestimenta y disfrutar de la vista. Sin embargo, recordó los puñales extraídos y contrajo la cara en una mueca de asco. Hubiera sido mejor en otro momento.

Siguió el estudio de la princesita con mirada ausente, fijándose hasta el último detalle. El cuello delgado, fino, manchado con motitas de sangre seca estaba vacío. ¡Sin duda! No era el primer carroñero que se paseaba con los cuervos. Su dedo fue dibujando el mentón de la chica, los pómulos, los labios, la caída de la nariz con una curvatura excelente. Sus ojos… Sus ojos. ¡Dioses! Aquella damita, ramera o princesa, poseía una mirada fascinante. Sus ojos, de un verde esmeralda con pinceladas grisáceas no contenían la mirada de horror que acostumbraba a verse entre los cadáveres. Se apartó para apreciarlo con detenimiento y observó el conjunto con magnificencia. Era la más hermosa del condado. Aterrado, percibió la serenidad de su rostro. Parecía haber esperado la muerte con satisfacción y regocijo. ¿Por qué? Sus ojos le vaticinaban el paraíso perdido. Tentado por el tacto que aquellas piedras preciosas cristalinas le sugerían, necesitó su daga para despojarla de los destellos verdes que poseía. Eran suyos. El mayor tesoro que jamás habría adquirido.

Con un leve impulso, clavó los dientes afilados de la hoja en sus lóbulos. Y sin escrúpulos los metió en su sporran. Una vez guardados, arrastró el cuerpo de la niña hasta el suelo. Por todo el valle iba dejando un rastro de hierba aplastada. En la cima de una de las colinas que rodeaban el cuadro espantoso, comenzó a cavar con las manos un pequeño agujero.  Una hora después, conseguía obtener el resultado esperado. Depositaba a la damita en éste y la cubría con la tierra húmeda por las recientes lluvias.
Después, encontró una piedra perfecta para adornar el tumulto. Sady miró a su alrededor, esperando la llegada del atardecer. En unas horas anochecería, por lo cual, todavía tenía tiempo para terminar el trabajo.
Sacudiéndose la tierra de las calzas, atisbó una figura que se acercaba hacia donde él estaba. Bran, su padre, henchido de orgullo por haber encontrado diez libras en el bolsillo de uno de los jacobitas, avanzaba con paso decidido. Enseñándole al pequeño el tesoro, contempló la obra que había realizado. Estupefacto, tragó saliva. Sady mostró también la recompensa de horas de búsqueda. Los ojos esmeralda rodaban entre las palmas de su mano. Bran miró boquiabierto a su hijo.

-         -  ¿De qué os sorprendéis, padre? ¿Acaso no somos animales de carroña? No soy más indigno que los cuervos por haber querido preservar estos minerales con recelo, en vez de engullirlos o dejarlos al alcance los picotazos de las bestias que sin duda, destrozarían esta obra de arte.

Bran no pudo asentir ni mediar palabra. Simplemente, dirigió su mirada hacia la tumba improvisada con una piedra a modo de lápida. Una frase difusa en latín la encabezaba.
Sady, que también contemplaba su obra, se encogió de hombros.

-          -Supongo que era la única que se merecía sepultura. Fingía esperanza en su rostro.


PPatricia Téllez.