Recorrer los campos de batalla, donde los cuervos
disfrutaban de su tormentoso festín, era lo que más reconfortaba al pequeño
Sady. Quizá porque una excursión a la exhumación cadavérica le proporcionaría
comida y satisfacción durante dos días. Eso si la pesca era buena. Últimamente
el oro escaseaba entre los combatientes. Los hombres que perdían sus molares,
ya no querían llenar sus huecos con ese mineral reluciente y rico. ¿Para qué?
Tarde o temprano habrían de perderlos en otro conflicto de tesitura cada vez
más grave. Aún así, el jovencito, con su
roído sporran, iba examinando los
restos inhumanos de aquellos que poblaban el valle y lo teñían con ese matiz
rojo de ira.
Uno tras uno, iba abriéndoles la boca, intentando contener
la nauseabunda putrefacción que exhalaban; o bien, metiendo sus deditos
rechonchos, pequeños, entre los saquitos para la pólvora de las bayonetas o los
bolsillos secretos que guardaba el doble pliegue del kilt. Sorteando las mutilaciones con leves saltos, se encontraba en
pleno epicentro, donde caballos, sassenachs y sublevados se concentraban en
mayor número. Se frotó las manos y echó a correr hacia los bultos más grandes.
Concentrado en su tarea, no descubrió lo que, en la parte más alta de la
montaña de cuerpos, se encontraba.
Quedó sin aliento por la imagen que se describía ante sus lindos
ojos fríos, cargados de cansancio. Pequeña, con perfectos bucles dorados, una
princesa se agarraba con ambas manos una de las clymore que le configuraban el reducido corpiño marfil, impregnado
de sangre. La melena caía enredada entre
los otros rostros con expresiones aterradoras.
Por un momento se vio invadido por los rizos de oro, esa suavidad
aterciopelada que le encantaría acariciar. Subiendo sobre tres cuerpos más,
alargando la mano, consiguió atrapar uno de los mechones. Sady, sin dudarlo,
tomó una de las dagas que poseía para los trabajos más difíciles y cortó
aquellos hilos relucientes. Aunque el olor no era el más agradable, podía
discernir una mezcla de brezo y lavanda. Sin duda, la niña debería haber sido
una de las hijas de las rameras que se llevaban a los campamentos bélicos. Quizá, con un poco de suerte, conseguiría un
buen collar o insignia que vender.
Terminando de colocarse sobre la pequeña, inspeccionó las
manos, buscando algún anillo. Apartando la gran espada y el resto de puñales de
su corpiño, siguió buscando el rastro del emblema deseado, o alguna joya
también robada. Las manos no parecían callosas. De hecho, las uñas formaban
unos dedos largos y finos. Su vestimenta, con altos encajes y bordados
exquisitos marcaban un cuerpo prometedor. Sady, preso por la curiosidad, se vio
tentado de despojarle de toda vestimenta y disfrutar de la vista. Sin embargo,
recordó los puñales extraídos y contrajo la cara en una mueca de asco. Hubiera
sido mejor en otro momento.
Siguió el estudio de la princesita con mirada ausente,
fijándose hasta el último detalle. El cuello delgado, fino, manchado con
motitas de sangre seca estaba vacío. ¡Sin duda! No era el primer carroñero que
se paseaba con los cuervos. Su dedo fue dibujando el mentón de la chica, los
pómulos, los labios, la caída de la nariz con una curvatura excelente. Sus ojos…
Sus ojos. ¡Dioses! Aquella damita, ramera o princesa, poseía una mirada
fascinante. Sus ojos, de un verde esmeralda con pinceladas grisáceas no
contenían la mirada de horror que acostumbraba a verse entre los cadáveres. Se
apartó para apreciarlo con detenimiento y observó el conjunto con
magnificencia. Era la más hermosa del condado. Aterrado, percibió la serenidad
de su rostro. Parecía haber esperado la muerte con satisfacción y regocijo.
¿Por qué? Sus ojos le vaticinaban el paraíso perdido. Tentado por el
tacto que aquellas piedras preciosas cristalinas le sugerían, necesitó su daga
para despojarla de los destellos verdes que poseía. Eran suyos. El mayor tesoro
que jamás habría adquirido.
Con un leve impulso, clavó los dientes afilados de la hoja
en sus lóbulos. Y sin escrúpulos los metió en su sporran. Una vez guardados, arrastró el cuerpo de la niña hasta el
suelo. Por todo el valle iba dejando un rastro de hierba aplastada. En la cima
de una de las colinas que rodeaban el cuadro espantoso, comenzó a cavar con las
manos un pequeño agujero. Una hora
después, conseguía obtener el resultado esperado. Depositaba a la damita en
éste y la cubría con la tierra húmeda por las recientes lluvias.
Después, encontró una piedra perfecta para adornar el
tumulto. Sady miró a su alrededor, esperando la llegada del atardecer. En unas
horas anochecería, por lo cual, todavía tenía tiempo para terminar el trabajo.
Sacudiéndose la tierra de las calzas, atisbó una figura que
se acercaba hacia donde él estaba. Bran, su padre, henchido de orgullo por
haber encontrado diez libras en el bolsillo de uno de los jacobitas, avanzaba
con paso decidido. Enseñándole al pequeño el tesoro, contempló la obra que
había realizado. Estupefacto, tragó saliva. Sady mostró también la recompensa
de horas de búsqueda. Los ojos esmeralda rodaban entre las palmas de su mano.
Bran miró boquiabierto a su hijo.
- - ¿De qué os sorprendéis, padre? ¿Acaso no somos
animales de carroña? No soy más indigno que los cuervos por haber querido
preservar estos minerales con recelo, en vez de engullirlos o dejarlos al
alcance los picotazos de las bestias que sin duda, destrozarían esta obra de
arte.
Bran no pudo asentir ni mediar palabra. Simplemente, dirigió
su mirada hacia la tumba improvisada con una piedra a modo de lápida. Una frase
difusa en latín la encabezaba.
Sady, que también contemplaba su obra, se encogió de
hombros.
- -Supongo que era la única que se merecía
sepultura. Fingía esperanza en su rostro.
PPatricia Téllez.