Se cumple y se canta su triste elegía.

La libertad, muere en cada esquina y suplica, con voz apagada, un sitio en el que vivir. Yo le ofrezco mi sueño: escribir.

09 mayo, 2012

Au revoir, c'est bientôt la fin.


París era una fiesta. Así decía Hemingway.

Hoy hace un año de todo ese ensueño recompensado. Las veinticuatro horas de autobús comenzaron a cobrar sentido cuando bajamos el siete de mayo de 2011 en Nôtre Dame. Hubiera dado mi vida por captar el instante en el que nuestras miradas se contemplaban atónitas, intentando creer todo lo que se dibujaba ante nuestra vista.

Fue demasiado fácil tomarle cariño a París. Cuando todos sus secretos fueron revelados a cada paso. Las botas blanquecinas del polvo de los parques. Sí, ya sabes que tienen la costumbre de cubrirlo todo con esa pureza inmaculada. Las noches entre los Campos Elíseos, y las comidas en la calle Rivolí, disfrutando de la vista. De espaldas al Louvre y coronando la cima la Torre Eiffel, los bocadillos – cada día de un sabor distinto, para poder ahorrar, intentar sobrevivir a más de dieciséis horas caminando- cobraban un sentido especial. Ni que decir tiene, cuando pudimos perdernos por Montmatre y cantar, en silencio para no despertar viejas glorias el “ Dans ma rue, il y a des gents” de Edit Piaff. O las carreras en las escaleras de Le Sacre Coeur, la residencia de verano que todos desearíamos poseer  que es Versalles con el espectáculo de sus fuentes, a Perséfone intentando huir, eterna, de Hades. La obra napoleónica revolucionaria, los puentes por donde las risas caían en cascadas invisibles al río Sena. Todavía me acuerdo del paseo por el mismo, discutiendo sobre la grandeza de la hija de Eiffel. Cómo el atardecer iba ensombreciendo los muros de todos los edificios emblemáticos.
¿Lo mejor? Escuchar los lamentos del fantasma de la ópera en la obra magnificente de Gárnier. Y sin duda, ese retorno a nuestra infancia, dejándonos caer por Disneyland.

Pero, París guarda sensaciones que son imposibles de describir. Ni si quiera con simples palabras del lenguaje del alma. París es vértigo, es grandiosidad y esplendor. París, el rey del amor, la ciudad de las estrellas. Emblema de modelos artísticos y culturales. Patria de ilustres poetas de mi infancia. Moulin Rouge y su historia romántica…
París fue poesía durante cuatro días en mis cuadernos. Fue el comienzo de una lista de ciudades con retorno seguro. París fue la distancia entre tus labios y los míos.
Y hoy, un año después, todavía se me saltan las lágrimas al recordar la imagen de Nôtre Dame, bañada por la luz del crepúsculo parisino, en nuestro crucero por la fiesta que era París un nueve de mayo.

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