| |
I
Si pudiera
tener su nacimiento
en los ojos
la música, sería
en los
tuyos. El tiempo sonaría
a tensa
oscuridad, a mundo lento.
Mezclas la
luz en el cristal sediento
a intensidad
y amor y sombra fría.
Todavía
silencio, todavía
el sonido no
tiene movimiento.
Pero llega
un relámpago; se anudan
en los ojos
lo bello y lo potente.
La fría
sombra se convierte en fuego.
La belleza y
el ansia se desnudan.
La música se
eleva transparente.
Oh, sonido
de amor, déjame ciego.
|
|
|
|
|
II
Yo, sin ojos,
te miro transparente.
En la música
estás, de ella has nacido;
de este
grito de luz, de este sonido
a mundo amado
luminosamente.
Y yo escucho
después —agua creciente—
a la música
en ti: todo el latido,
todo el
pulso del aire convertido
a tu
belleza, a tu perfil viviente.
Tumba y
madre recíproca, del canto
orientas a
tus venas la agonía,
y tus ojos
asumen su potencia.
Oh prisión
de la luz, después de tanto,
ya veo en el
silencio: la armonía
es tu
cuerpo, tu amada consistencia.
|
Antonio Gamoneda.
Te amo, David.

No hay comentarios:
Publicar un comentario